Celeste
Cuando sintió el primer impacto se arrodilló.
Al recibir el segundo,
no pudo evitar caer.
Horas después se despertó en el hospital. No recordaba bien que
había sucedido. Simplemente recordaba el dolor. Estaba en una habitación
individual. Quiso incorporarse, pero el dolor no lo dejó.
La luz del sol le recordó que era primavera. No había ningún
reloj cerca, pero al juzgar por los colores que ingresaban en la habitación,
estaba cerca el atardecer.
Trató de hacer un esfuerzo y recordar que había ocurrido, pero
todo se nublaba en el momento del dolor. En uno de sus ejercicios mentales se
encontró con la imagen que no esperaba ver.
Los ojos llenos de lágrimas, su largo pelo negro ensangrentado y una expresión
de dolor que transformaba su rostro.
- ¡Celeste!
Todas sus fibras se estremecieron. Se incorporó con mayor violencia que
la vez anterior. Y el dolor fue aún más potente. Como si hubiera
sido acribillado por un pelotón de fusilamiento cayó nuevamente
sobre la cama.
Sus ojos ahora estaban llenos de lágrimas. Su rostro tenía una
marcada mueca de dolor y de desesperación. Quería levantarse pero
no podía.
Cuando llevó las manos a su cabeza, notó una venda que cubría
gran parte de su frente. Si bien no tenía dolor de cabeza en ese momento,
pudo notar que estaba bajo los efectos de alguna droga. Seguramente le habían
administrado calmantes. Le costaba mantenerse despierto. Sus ojos se empezaron
a cerrar. Pero antes que estuviera completamente dormido la puerta se abrió.
Un hombre con uniforme asomó su cabeza y lo miró por un instante.
Pasó un código por su radio y cerró la puerta.
Entonces las imágenes aparecieron con brutalidad. La puerta forzada. Había
un hombre gritándole. Le estaba dando órdenes. Celeste estaba arrodillada
y llena de sangre. Volvió a estremecerse con el recuerdo del dolor y todo
se volvió a nublar.
Luchaba para que sus ojos no se cerraran. Necesitaba saber que le había
ocurrido a su mujer.
De pronto recordó la estatuilla que habían comprado en Florencia.
Era muy hermosa y además de un gran valor. El hombre quiso quitársela
de la mano, pero él la arrojó hacia un rincón. En ese momento
no lo entendía. Había preferido destruir ese objeto tan valioso
antes de entregarlo a su atacante. Luego la imagen de Celeste con su palo
de golf y nuevamente el dolor.
Mientras seguía intentando ejercitar su memoria la puerta de abrió nuevamente
y el desconcierto fue absoluto.
Enseguida reconoció el rostro. Era el hombre que había forzado
la puerta de su casa. Se acercó hasta la cama y lo miró. Con la
misma mirada dura que lo había mirado antes, pero en esta oportunidad
el hombre no decía nada.
Cuando pudo salir de su asombro logró ver su figura por completo. Entonces
el miedo lo invadió. El hombre llevaba la misma vestimenta, salvo por
la gorra. Su placa parecía menos brillante, pero seguramente era por la
luz que ahora era más tenue.
El policía comenzó a caminar por la habitación, sin hablar.
Acercó una silla y se sentó a menos de un metro de la cama. Su
piel era oscura su pelo era negro. Debía tener unos treinta años.
Cuando finalmente se miraron fijamente a los ojos, todo pareció tener
sentido y la película se proyectó completa en su cabeza.
Recordó la discusión y los gritos. Celeste lo había descubierto.
No había sido tan prolijo la última vez.
Entre lágrimas los dos buscaron herirse con la peor artillería
de palabras. Pero eso no fue suficiente. Celeste le recordó sus mentiras,
mientras sostenía su palo de golf, deporte que tantas veces había
utilizado para tapar sus infidelidades.
Ella lo estaba empujarlo con el palo hasta llevarlo cerca de la pared. Luego
intentó golpearlo en las piernas pero falló.
Rápidamente él tomó el palo y se movió. Mientras
ella se reincorporaba él descargó toda su furia sobre su espalda,
haciéndola caer nuevamente. En ese instante él perdió todo
contacto sobre el mundo racional y repitió el ataque, pero esta vez sobre
su frente. Este segundo ataque le abrió una profunda herida cerca de la
ceja izquierda. Un nuevo ataque generó otra herida, esta vez sobre el
parietal derecho. Ella estaba tirada en el piso cuando él recobró parte
de su conciencia. Arrojó el palo sobre el piso y se arrodilló.
Aún respiraba.
El tiempo parecía eterno. Temblando, se acercó a la mesa. Ella
empezó a incorporarse. Su rostro estaba bañado en sangre. Los golpes
la habían atontado pero se repuso. Tomó el palo y se volvió sobre él.
Entonces se escucharon golpes en la puerta y la situación se hizo más
tensa. Cuando él tomo la estatuilla, ella estaba a dos metros con el palo
sobre sus manos. Ambos se miraron con fiereza, dispuestos al ataque final. Entonces
los golpes en la puerta fueron más potentes. Parecía que la iban
a destrozar. Un momento después el hombre estaba ahí. Su cara le
era familiar. Los gritos se sucedieron. Entonces ella tomó ventaja y le
dio el primer impacto sobre sus piernas. El cayó de rodillas y apenas
tiene recuerdos del golpe que lo dejó inconsciente. El último recuerdo
es el de esa cara que le era tan familiar y que ahora la tenía tan
cerca.
Acomodó su almohada e intentó quedar en una posición más
cómoda para hablar. Pero cuando intentó emitir el primer sonido
supo que no podría articular palabras. Quería decirle que sabía
lo que había pasado. Lo había visto antes con su mujer.
El policía lo miró una vez más y se retiró.
Nunca más volvería a ver al hombre de uniforme. Ni tampoco
a Celeste.