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Apresado

La jaula era repugnante. Sin embargo había estado en lugares peores.

Las cadenas lo indignaban. Estaba enfurecido por haber caído en una trampa tan estúpida.

El gato rojo estaba sobre la mesa, junto a la cruz y a la virgen. Esa imagen lo perturbaba. Deseaba aniquilar a su captor con sus propias manos.

El padre Jorge lo observaba con temor. Sabía que estaba frente a un ser sobrenatural. Un enviado del demonio, o el mismísimo Diablo encarnado.

Paseaba sus ojos una y otra vez por su gastada Biblia. Buscaba una respuesta en alguno de sus pasajes.

Ya había agotado varias botellas de agua bendita sobre ese ser. Lo había rodeado de cruces y símbolos religiosos. Nada parecía afectarlo. Todo lo enfurecía cada vez más.

Sobre una vieja frazada dormía el pequeño Benjamín, que de forma impensada había quedado involucrado en una situación muy incómoda.

El Padre Jorge lo tenía claro, estaba enfrentado la prueba más difícil de su vida. Atrás había quedado su deseo de llegar a ser Cardenal, conocer el Vaticano y besar el anillo del pescador ... o quizás tener una vida normal.

Le suplicaba a Dios que le diera la fuerza y la sabiduría necesaria para vencer al mal, aunque tuviera que sacrificar su propia vida para lograrlo.

Tomó la botella de Vodka con ambas manos y se sirvió el equivalente a tres medidas.

Observó una vez más los ojos de aquel furioso animal enjaulado y bebió sin culpa.

Tomó la filosa estaca y se dirigió hasta la puerta.

Podía sentir su olor. Era penetrante, salvaje y seductor a la vez. En su boca se juntaba la saliva con sus filosos colmillos que asomaban amenazantes. Una siniestra sonrisa se dibujó en su rostro. Lo desafiaba con cada gesto, lo intimidaba con su mirada. A pesar de estar encerrado, su actitud permanecía segura y arrogante. Parecía un toro enfurecido, un león en celo.

Cuando el religioso estaba a punto de colocar la llave en la cerradura, el ser sobrenatural habló.

-  ¿Recuerdas lo que le ocurrió al Padre Jonathan?

Un silencio feroz surcó el lugar. El Padre Jorge se quedó helado, por primera vez escuchaba su voz espectral. Se quedó mudo y sin poder emitir una sola palabra. En la cara de aquel sinistro asesino se hizo presente un gesto de superioridad y depravación.

-  ¿Recuerdas a la Hermana Josefina?

Un nuevo momento de silencio selló el lugar. Parecían estar en un sepulcro.

El Padre Jorge dio dos pasos hacia atrás. El despiadado ser lo seguía mirando fijamente a los ojos.

-  Estabas escondido detrás de las columnas. Pude ver tu cara de terror cuando los mataba. Percibí cada centímetro de miedo recorriendo tu cuerpo. Puedo olerlo ahora. Eres un niño perdido en el bosque, un insignificante cachorrito enfrentando a un tigre salvaje. Libérame y no te haré sufrir mucho. Será una muerte rápida.

El Padre Jorge estaba al borde del infarto. Comenzó a escuchar golpes en las ventanas y en las puertas. Un susto brutal lo invadió. Había sellado todas las aberturas, pero no sabía cuanto tiempo podrían resistir el ataque.

El pequeño Benjamín comenzó a moverse, tomó una cobija y cambió de posición.

Se escuchaban aullidos, agudos pitidos y un una especia de murmullo que se asemejaba a un canto solemne de vigilia y muerte.

El olor era cada vez más intenso, el aire estaba totalmente enrarecido.

Sabía que no le quedaba mucho tiempo. El momento había llegado. Dios lo había elegido para ser su instrumento. No podía fallarle.

La humanidad nunca se enteraría de su sacrificio, sin embargo su entrega a Dios era total y desinteresada. Su destino ya estaba escrito, sólo tenía que enfrentarlo.

Tomó la estaca nuevamente y abrió la celda. Las manos le temblaban.

El espectáculo era infernal. El siniestro ser estaba en posición de ataque, como un animal herido, con su cuerpo y su rostro transformados. Sus ojos inyectados en sangre lo observaba con singular depravación.

El Padre Jorge rezó una vez más, encomendó su vida a la santísima trinidad y elevó la estaca con toda su fe.

Con un violento movimiento la hizo descender hasta el pecho de aquel abominable ser, pero una barrera imprevista detuvo su marcha.

Era la mano ensangrentada de su apresado. El gesto de horror en la cara del religioso fue indescriptible.

El terrible ser lo tomó con ambas manos y lo puso contra la pared. Su rostro estaba desencajado de furia. Le mostró una vez más sus colmillos y los hincó en su cuello.

Un grito desgarró el velo de la noche fría. Los aullidos se hicieron cada vez más potentes. El canto se transformó en un murmullo espectral.

El niño se había despertado y había presenciado la escena. Estaba paralizado en una esquina, sin poder hablar.

El increíble ser, se alimentó sólo un poco de aquel desdichado hombre, y mirándolo con provocativo desprecio se detuvo. Aún estaba consiente. Mientras secaba la sangre de su boca, pensaba de que forma terminaría con él.

Mil ideas pasaron por su cabeza, transformarlo en uno de ellos era la que más lo excitaba.

Miró con cuidado a su alrededor. La proximidad de sus hermanos lo aceleraba. Su mirada se detuvo por un instante en la mesa donde se encontraba el gato rojo. En ese momento supo lo que tenía que hacer.

Salió de la jaula y acarició su objeto preferido. Miró a Benjamín y le sonrió con la impura ternura de un depravado. Con fascinación pasó su lengua por aquella estatuilla. La apoyó en su pecho y fingió un orgasmo delante de su azorado público.

Lo dejó nuevamente sobre la mesa y tomó otro de los objetos que lo rodeaban.

Con violencia hizo añicos la virgen. Levantó los pedazos y los colocó en el vaso.

El Padre Jorge seguía inmóvil en un rincón de la jaula. Benjamín comenzó a llorar desconsoladamente.

El ser volvió a la jaula y se sentó junto a él, tomó los pedazos de la virgen y se los introdujo violentamente en las fosas nasales.

El Padre Jorge, entre espasmos de dolor, abrió la boca para intentar respirar. El ser enfurecido, puso su manos sobre sus labios, forzando una abertura mayor, le introdujo la cruz, y presionó con fuerza. La sostuvo unos instantes de modo que la respiración fuera imposible. Mientras lo veía morir, en sus ojos brillaba el reflejo de la sangre, como en sus mejores noches de orgías y destrucción.

En ese instante el Padre Jorge supo que su destino estaba sellado. Su alma ahora estaba en las manos del Señor. Sus pupilas comenzaron a dilatarse, los ojos se hincharon, sus fuerzas lo abandonaron. Su misión culminó. Había entregado su cuerpo y su vida a su inmaculada Fe.

El ser sobrenatural se limpió las manos con un pañuelo, sacudió su ropa y salió de la jaula.

El pequeño Benjamín se había escondido debajo de las cobijas, como intentando evadir de la realidad.

El ser espectral se acercó, lentamente le quitó la manta, luego la frazada que lo protegía y lo observó. Benjamín estaba rezando con los ojos cerrados. Tenía el corazón descontrolado y el pulso acelerado. Un sudor frió le había mojado toda la ropa. Entre llantos abrió los ojos y lo vio. El ser comenzó a acariciarlo suavemente, apoyó sus labios sobre su cuello y comenzó a besarlo. Sus colmillos asomaron e hicieron contacto con su delicada piel.

El niño comenzó a gritar con desesperación. Afuera, los aullidos se multiplicaban, como preparándose para un festín.

El ser se apartó del niño, sin beber de él. Contempló por un momento su desconsolado llanto y luego se apartó.

Abrió con furia la puerta principal. Los aullidos se habían calmado.

Ella lo esperaba sentada en un banco. El la miró y le sonrió. La tomó de la cintura y le dio un apasionado beso. De pronto él se detuvo. Se había olvidado de algo adentro. Con furia ingresó nuevamente al lugar

Benjamín lo observaba con terror, mientras ponía sus pequeñas manos sobre su cuello. Intentaba pararse, pero sus piernas eran un tembladeral.

El ser ignoró al infante, ajeno a toda situación, caminó hasta la mesa, tomó el gato rojo y salió. Ahora se sentía mucho mejor.

Berenice y los otros lo esperaban escondidos en las sombras para salir a cazar una vez más.


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